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ARTÍCULO PRIME
TEXTIL EXPRES - REVISTA 253
  • Escasez, cuellos de botella, tensión en las cadenas de suministro, contenedores... pero ¿era así la salida de la crisis?
  • La sostenibilidad tiene sus peajes. Por ejemplo, energía más cara.
  • Y sus oportunidades. Por ejemplo, paneles en el tejado y menos consumo de agua.
  • No es seguro que vendas más por ser sostenible. Pero es casi seguro que no podrás existir si no lo eres.
  • ¿Vendes online y ya eres digital? Bueno, no es exactamente eso.
  • La digitalización influye en todo. Desde el Apocalipsis del Retail hasta el control de existencias

Apenas está emergiendo el consumo de «venganza», y ya surgen otros problemas. Pero también hay ejes de actuación.

La Crisis Perfecta: Aprendiendo a convivir con el Más Allá (o Más Acá) de la Covid-19.

 

Si la «Tormenta Perfecta» fue la convergencia improbable pero cinematográficamente real de varios ciclones, la crisis del Covid-19 tiene algo de Crisis Perfecta. Vamos a tomar la palabra crisis en su sentido impropio pero generalizado, puesto que sabido es que «crisis» alude a un punto de cambio y no a un período de recesión (en ese sentido, los puntos críticos son las cimas y los valles en los ciclos económicos, no las pendientes), pero el uso común en el lenguaje ya nos viene bien. Y estamos viviendo una crisis perfecta.

Con las medidas de restricción a la actividad para rebajar la interacción social y, con ello, la propagación de la epidemia, la Covid-19 nos ocasionó tanto una modificación como una reducción brusca de transacciones económicas, y en general, con todas las salvedades que exponíamos en el primer artículo de este número (puesto que ha habido sectores para los que la epidemia ha resultado incluso beneficiosa), una disminución generalizada de la demanda.

Este último elemento también comportó una elevación de la tasa de ahorro. Ojo, porque este aserto es de validez variable según países. No en todos se han aplicado políticas de ERTEs o similares. Y, por otro lado, este tipo de políticas han protegido más a clases asalariadas que a autónomos y pequeños empresarios. Es decir que en algunos países, según fuesen las política aplicadas y, por otro lado, la menor o mayor abundancia de autopatronos, la tasa de ahorro habrá sido diferente: incluso reduciendo gasto, si no tienes ingresos no ahorras, sino que tiras de patrimonio. Lo saben los propietarios de bares, por ejemplo.

Hecha esa matización, en general es cierto que se ha ahorrado más que antes, creando así demanda embalsada para lo que los expertos han bautizado (al pronosticarlo) como el consumo de «venganza», esto es, el de los ciudadanos que aguardan la ocasión propicia para tomarse la revancha y gastar en lo que no pudieron hacerlo antes. Es quizá una de las razones, entre la juventud, del auge del botellón masivo. Referencias históricas hay muchas. Los Felices Veinte después de la Primera Guerra Mundial son un ejemplo maravilloso: enormes ganas de vivir y sacudirse la tristeza pasada. ¡Vive la Vida Loca!, decía una canción de Ricky Martin.

Pero hemos hablado de una Crisis Perfecta, como suma de ciclones (borrascas). Y es que no habíamos salido todavía de la depresión en que nos sumió la Covid-19, cuando comenzó a desatarse un fenómeno sorprendente, del que nos hemos hecho eco en los boletines de noticias de Textil Exprés en la primavera, y que obviamente han sido objeto de información en todos los medios, pues no eran difíciles de descubrir.

Un fenómeno sorprendente por paradójico. Si no había demanda, o era menor que de costumbre, ¿cómo podía suceder que escasearan productos en el mercado? Tómese esto con perspectiva, y no nos ciñamos al sector de la ropa. Es muy obvio que durante muchos meses no ha habido escasez de indumentaria sino excedentes a liquidar, y ello a pesar de que todo el mundo recortó programaciones a fin de reducir inventarios, e incluso canceló masivamente pedidos, causando una situación dramática en países proveedores como Bangladesh. Pero incluso en el textil se percibió pronto el impacto de lo que estaba ocurriendo en el mundo, por la vía de los costes de fletes, más aún teniendo en cuenta que este ha sido un sector de temprana deslocalización remota, y que mucha de la mercancía viene de Asia.

En el mundo, decíamos, se han incrementado los costes de producción de bienes básicos e intermedios, desde la metalurgia y la química hasta el papel. Los datos de encarecimiento han sido bastante confusos, aunque existan indicadores estadísticos oficiales. Informaciones de prensa manejaban cifras sin período concreto, y a veces sin casar bien con la consulta directa a mercados regulados, los cuales por otro lado acostumbran a ser cifras de futuros, y no recogen bien los precios spot. Uno de los informes que manejamos mostraba que el índice de precios de commodities subió entre un 19 y un 20% en el primer semestre. Ciertamente, han sobresalido acero, cobre y aluminio, que nada tienen que ver con el textil, pero también se ha encarecido el algodón. Y han subido los costes de la energía (gas, petróleo, últimamente electricidad), que repercuten sobre la cuenta de resultados de cualquier industria; y, cuando se habla de petróleo, estamos hablando también de la materia prima de las fibras hechas por el hombre.

Esos encarecimientos se perciben también en Asia, donde se halla la «gran fábrica» del planeta. Y, quizá no tanto ni tan pronto en el textil, pero en general se ha notado esta primavera una escasez de producto intermedio, debido a que los manufactureros asiáticos no se veían capaces de cumplir contratos a precio cerrado, sin repercutir aumentos de costes, y ante esa situación preferían parar temporalmente la producción para no incurrir en pérdidas. Cierto, el problema ha sido más grave para otros sectores, pero el desbarajuste de unas industrias provoca perturbaciones en otras. En cuanto a los precios, por ejemplo, hemos visto al final de verano movimientos en el sector de las fibras y de los químicos para textiles anunciando incrementos de tarifas, que están claramente relacionadas con esto.

Por último (aunque, como dirían los anglosajones, de ningún modo en lugar menos importante) está el transporte. Sobre esto podríamos extendernos, quizá más allá de lo que conviene a este número. En efecto, como recogíamos en una noticia de los boletines Textil Exprés, a primeros del mes de mayo comprobamos entre distintos fabricantes e importadores que el precio medio para contratar un transporte desde Asia había pasado de los 1.500-2.000 euros por contenedor, habituales hasta poco antes, a una horquilla de 8.500 a 10.500 euros, y que se había llegado a pedir más de 14.000 euros para casos puntuales.

Cifras más conservadoras del sector de transporte marítimo, que no quieren ser alarmistas, reconocen el encarecimiento, en términos más moderados: en un año móvil cerrado en junio, el precio medio del contenedor estándar de 20 pies ha pasado de 1.103 a 3.785 dólares. O sea que, al menos, es un coste dos veces y media superior. Pero los clientes hablan de aumentos mucho mayores.

Las escaseces en el sector logístico de larga y de media distancia han llegado a extremos que parecen ridículos. Por ejemplo, ha habido «sequía» de palés para la carga y el movimiento de producto.

Volviendo al transporte, pero ya no centrándonos en el coste del contenedor (que en buena parte se debió al desbarajuste en el mapamundi de los contenedores vacíos estacionados en distintos puertos, por la ruptura de rutas que ocasionó la pandemia), está el problema de la tensión en las cadenas de suministro.

El incidente del carguero Evergreen, que encallo el 23 de marzo en el Canal de Suez y lo bloqueó durante seis días, produjo un auténtico descontrol en la ruta Asia-Europa, encareció todavía más los fletes y obligó a reajustar calendarios de envíos. Pero a ello se sumó un penúltimo coletazo de la Covid-19, que paralizó a finales de mayo tres grandes puertos clave próximos a Hong Kong, por cuarentena. Posteriormente, por unas u otras causas, y ya con independencia de embudos físicos, lejos de mejorar... la situación de todas las cadenas de suministro ha empeorado. ¡Vivimos en tiempos de escasez! ¿Quién iba a imaginarlo cuando, hace un año, el problema era malvender sobrantes?

Todas estas cosas, que plantean problemas aparentemente ocasionales y de repercusión limitada a ciertas parcelas económicas, en realidad son de efecto acumulativo y originan cuellos de botella generalizados. Es cierto, por ejemplo, que en la industria de la indumentaria el transporte aéreo supone una alternativa a esas carencias marítimas. Y es así porque no son productos voluminosos ni de materiales pesados, así que muchas prendas no ocupan muchos metros cúbicos ni se miden por toneladas, pero en el primer semestre la capacidad mundial de transporte aéreo fue muy reducida (en el T1, un 25% inferior a las año anterior), entre otras cosas porque, aunque los «cargos» siguieron volando en su mayoría, los vuelos de pasajeros (que aceptan cargas de mercancías complementarias a las de los viajeros) cayeron de forma muy notable.

Pero ya hemos dicho que el problema no es solo de transporte, sino de un auténtico desajuste de oferta y demanda.

 

Solo una nota: ¿estanflación?

 

Bien, esta introducción parece digresiva respecto al propósito de este número y este artículo. Íbamos a hablar de reactivación y nos hemos metido de hoz y coz en una Crisis Perfecta, en la que, a la recesión de la Covid-19, le sucede un panorama muy confuso post-Covid. Si la primera parte se caracterizó por un descenso de la demanda y una paralización del tráfico, ahora se nos viene encima un escenario de costes aumentados de materias, energía y transporte y, lo que quizá es más grave, de enorme stress en las cadenas de suministro. Y, todavía peor, antes de que se haya consolidado una recuperación significativa de la demanda en los mercados de consumo que fueron más afectados por la pandemia, entre los que precisamente se encuentra el textil, y muy en especial en aquello que esté relacionado con la moda.

Es muy curioso hacer notar, como ya ha hecho algún académico, que tenemos un marco idóneo para que aparezca uno de los ogros más temidos por los economistas: la estanflación. Hasta hace medio siglo, la estanflación era una hipótesis teórica, incluso una contradicción, puesto que los precios suelen caer en tiempos de recesión y subir en años de vacas gordas, pero la primera crisis del petróleo (caray, medio siglo ha pasado, en efecto) evidenció que podía romperse esa ecuación de equivalencia, y que los precios podían subir también en épocas de vacas flacas. Políticamente es un escenario más difícil de gestionar, pues las medidas monetarias tradicionales para la corrección de los ciclos no funcionan en ese contexto de estanflación. Pero a las empresas también les fuerza, en su microeconomía, a explorar respuestas imaginativas.

Bien, concluyamos esta descripción del paisaje, que parecía necesaria para hacer ver que, aunque empezamos a dejar atrás la recesión causada directamente por la pandemia, sin haberla abandonado todavía por completo ya sufrimos otros desafíos realmente grandes, que seguirán ahí por lo menos un semestre más, o quizá incluso todo un año. Añadamos, de hecho, que todo eso forma parte también el teatro de operaciones que se consolidará en el futuro. Y que modulará el modo en que deban las empresas afrontar sus estrategias post-Covid.

 

Pero... hablemos de reactivación.

 

Vayamos, pues, a los planteamientos que está haciendo el textil para encarar la post-crisis, y los ámbitos en los que parece que será necesario actuar para un desarrollo prometedor. Por tanto, veamos los parámetros de lo que viene a ser un Gran «Reboot» o reinicio (o reenfoque) sectorial, tal como apuntábamos en el primer artículo de este número. Aunque en realidad ese «apretar el botón» constituya un mero símbolo del latigazo que la coronacrisis le ha propinado al sector, para que abra más los ojos ante retos que ya estaban formulados o en gestación.

En primer lugar veamos cuál es el enfoque que la Unión Europea ha dado a su política de apoyo a la recuperación económica, desde los primeros acuerdos en tal sentido adoptados el año pasado.

Personalmente opinamos que no deben fiarlo mucho a las ayudas económicas, que sin duda llegarán y a las que podrán ustedes acogerse, ya sean genéricas o de un PERTE de alcance sectorial (sobre lo que se ha informado y especulado bastante, y del que a estas alturas no tenemos una particular concreción). Las ayudas, si puede usted acogerse, le vendrán bien. De hecho, es necesario que se concedan. Y ahí están y estarán. Pero los Gobiernos de los países más impactados tienen otras propósitos disimulados: su intención es cuadrar la contabilidad estatal, y hallar los modos para hacerlo sin que los «hombres de negro» de Bruselas les tiren de la oreja cuando inspeccionen si el uso de los fondos se ajusta a los fines y los métodos estipulados.

Dichos fondos y sus planes asociados asumen, como lema, que facilitarán la «Resiliencia», esa espantosa voz tan en boga que significa capacidad de adaptación de un ser vivo, y capacidad de recuperación de estado o forma de un material. Y, para lograr esa resiliencia, proponen actuaciones sobre todo en dos ejes: sostenibilidad y digitalización.

Digamos algunas palabras al respecto.

 

Sostenibilidad. Ahora, sencillamente, inexcusable.

 

Sobre sostenibilidad, esperemos no aburrirles trayendo a colación de nuevo este tema, sobre el que ya hemos reflexionado en el pasado. Nos gustaría añadir algunos puntos.

En principio, desde la visión que hemos mantenido aquí en el pasado, entendemos que situar la Sostenibilidad como uno de los factores de reactivación es una tontería, puesto que dudamos mucho que ser muy sostenibles vaya a impulsar los negocios. Sin embargo, dentro de la reactivación será imprescindible ser sostenibles. Quizá sea lo mismo, pero el enfoque es diferente. Dicho de otro modo: No es seguro que vendas más por ser sostenible. Pero es casi seguro que no podrás existir si no lo eres.

Desde las publicaciones de Aramo Editorial tenemos experiencia con otros sectores, como el de los electrodomésticos, en los que la ecología (mucho antes de que se hablase de «sostenibilidad») ya viene siendo argumento central desde hace al menos cuarenta años, pero en el que nadie está vendiendo más ni mejor por ofrecer productos más sostenibles ni por argumentar que sus procesos lo son. El consumidor, cuando se le pregunta en una encuesta, siempre responde que sí, que estaría dispuesto a pagar un poco más por un producto más respetuoso con el medio ambiente, pero al final solo se producen aumentos significativos de ventas de los aparatos más eficientes cuando viene un Plan Renove de «descuentos». Y eso que tales electrodomésticos proporcionan beneficios en la factura de la luz y del agua. Quizás ahora, cuando las tarifas eléctricas se disparan, el efecto pueda ser mayor. Pero cuarenta años evidencian que lo sostenible es agradable pero no vende, y que las marcas más insostenibles siguen vendiendo si son baratas.

En el textil, la sostenibilidad solo está creando negocio, por ahora, a firmas muy especializadas que han hecho de ella su nicho de mercado. La moda va de «looks», de identidades y de estilos de vida. Hay quien tiene un disfraz grunge, hubo en su época quien tuvo un disfraz punk (muy plasticoso, nada sostenible), y hay quien lo tiene ecologista. El atuendo te asigna a una tribu social. Y hay nichos variados en los que marcas de moda pueden crecer.

Sin embargo, es cierto que la sostenibilidad va penetrando en toda la sociedad. A veces sirve de pretexto para des-asumir costes, como cuando los supermercados comenzaron a cobrarnos las bolsas de plástico, en lugar de sustituirlas por las más ecológicas bolsas de papel (que tanto se utilizan en Norteamérica). También sirve de excusa para crear «impuestos verdes», que si no fueran de ese color provocarían la rebelión del ciudadano. Y en general, de una forma progresiva, la sostenibilidad se instaura en nuestras vidas y, afortunadamente para la salud del planeta y de las generaciones que nos sucedan, llega a todas partes, desde las marcas de lujo que ya no aceptan ostentación irrespetuosa con el medio ambiente, hasta las marcas low-cost que exhiben como una muestra de conciencia social su apuesta por la lucha contra el cambio climático.

Cuidado, por otro lado, ante ese hecho, que podría confirmar nuestra hipótesis sobre la rebaja de expectativas de vender más vía sostenibilidad: cuando todo el mundo utilice el argumento, desde Primark hasta Gucci, dicho argumento perderá valor. Será como si alguien nos dice que su silla tiene cuatro patas, lo que nos deja absolutamente impávidos. Los argumentos vendedores son los que se basan en las diferencias, no en los aspectos ordinarios. Si todos los bienes de consumo son sostenibles, y por mucho que todos te lo digan con orgullo en el envase de los productos, en realidad serán commodities: «otro producto verde más». Todos seremos sostenibles, y la sostenibilidad se convertirá (si no lo es ya) en algo totalmente banal.

Ahora bien, fíjense en que, más que preferencias, pueden producirse rechazos. El consumidor puede que al final no se oriente activamente hacia lo «verde», pero que, a un precio similar, o incluso aunque sea algo más barato, descarte lo que no sea o no proclame su respeto por el medio ambiente. Esa posibilidad de la pérdida pasiva de negocio también debe tenerse en cuenta en una estrategia empresarial.

La sostenibilidad tiene sus peajes. Buena parte de la crisis de costes energéticos que padecemos, y que podría agravarse, se debe a la penalización que las autoridades imponen a la generación de CO2. Y las exigencias crecientes en materia de recuperación y reciclaje de los artículos al final de su vida útil tienen, y tendrán, un peso en la cuenta de resultados. En la del sector de aparatos eléctricos y electrónico, eso ya es una realidad desde hace mucho tiempo: la retirada del artículo y su reciclaje son obligatorios, y las industrias sufragan sistemas integrados de recuperación (actualmente conocidos por un nombre largo y absurdo), cuyo coste se incluye en el escandallo. Eso es algo que debe asumirse. No va a cambiar, al contrario, irá a más. Usted puede ser negacionista del cambio climático si le apetece, pero no podrá escapar al cuadro normativo que persigue evitar un mayor calentamiento global, por ejemplo.

Decimos que, en nuestra opinión, la sostenibilidad no abre un vasto campo de creación de negocio, salvo para las empresas de terceros sectores, especializadas en recuperación y reciclaje, y salvo para empresas de nicho. Sin embargo, hay dos factores que le harán a usted invertir en sostenibilidad, con ayudas de la administración o sin ellas.

El primero es que la normativa va a seguir endureciéndose. O usted invierte en sostenibilidad, o no podrá seguir ejerciendo. Así de claro. Por tanto, es una cuestión básica de supervivencia.

El segundo es que hay algunas oportunidades de rentabilidad económica. Sobre todo si invierte en medidas con repercusión positiva en costes.

Últimamente proliferan las compañías que presumen de contribuir a la sostenibilidad por haberse dotado de placas fotovoltaicas en la cubierta de sus naves, o por haber adquirido sistemas de acabado de prendas con bajo consumo de agua. Y es muy cierto que así hacen su aporte a la descarbonización y reducen el despilfarro y la contaminación de recursos naturales, con lo que pueden colgarse la medalla. Pero es que además reducen sus recibos de luz y agua, y así pueden mejorar sus cuentas de resultados.

Por tanto, desde nuestro punto de vista, creemos que la sostenibilidad es sencillamente innegociable. Dudamos de su capacidad de generar, de forma masiva, un consumo semejante al que movilizan otros factores asociados a la moda en el vestir, como puedan ser diseño y tendencias en la ropa de calle, y prestaciones en la ropa de rendimiento. Pero tanto el producto como los procesos deberán buscar la sostenibilidad «porque sí», si es que no tenemos, además, una conciencia de responsabilidad social, que debiera ser el primer factor para adoptar ese criterio.

 

Digitalización: Mucho más que una Tienda Online.

 

El otro eje de los planteamientos de la Unión Europea para la recuperación es la digitalización. En este punto, desde Textil Exprés opinamos que hay mucha capacidad de progreso, que quizá no resulta muy visible, pero que puede tener tanto impacto sobre el control de costes y gastos, como sobre la eficacia en la venta (y en la capacidad de aumentarla). Entendemos que existe una capacidad de recorrido asombrosa.

La crisis de la pandemia nos ha hecho descubrir dos campos en los que la tecnología digital ha sido y es fundamental. El primero es el comercio electrónico. El segundo, el de las comunicaciones. De este, poco más que decir. En cuando al e-commerce resulta tan evidente que no podemos plasmar aquí nada que les sorprenda: ustedes ya lo saben todo sobre ello.

Impedidos de salir de sus casas durante el confinamiento del año pasado, los consumidores se lanzaron a colapsar las estructuras de e-commerce que existían. Y, como usuario veterano de todos los recursos online, quien esto redacta puede constatar que todavía a fecha de hoy las tiendas online de Amazon, El Corte Inglés o Decathlon, por poner algunos ejemplos, funcionan probablemente bajo sobrecarga, dados los tiempos de respuesta de sus sistemas ante la navegación del usuario. Se ha invertido en potenciar sistemas débiles, pero sigue siendo insuficiente. En cualquier caso, muchos comercios que no tenían tienda online se han provisto de ella, y los que ya la tenían han invertido en aumentar su capacidad… y la de los recursos asociados que conlleva, como la logística. Es ese un capítulo fundamental, al que habrá que prestar atención más adelante de forma separada.

En términos muy generales, y promediando experiencia de varios sectores y estadísticas de distinto origen, desde Textil Exprés creemos que la venta online de consumo ha aumentado el año pasado en una horquilla que puede ir del 50 al 150% según sectores e incluso más. Es decir que se ha doblado ampliamente, con puntas de hasta cuadruplicarse o quintuplicarse según el momento. En el año en curso estamos observando que en algunos sectores donde ya había mucha venta online, como la electrónica de consumo, sigue habiendo crecimientos pero menores, de forma que comienza a observarse una relativa estabilización. Pero en la moda sucede lo contrario: el aumento de la venta online sigue auténticamente disparado.

El descubrimiento de esa vía de negocio tiene hondas repercusiones. El gran ajuste de la red de tiendas físicas de Inditex y de H&M, por ejemplo, está relacionado con ello, aunque también es cierto que la necesidad del cambio se olfateaba tiempo atrás, y que los cierres de puntos de venta en Inditex ya estaban produciéndose aunque no fuera de un modo sistemático. En parte, el modelo de despliegue indiscriminado de metros cuadrados de tienda física en los distintos territorios había sido demasiado alegre, y se tardó en aceptar que no todo era rentable, no todo era económicamente sostenible (y hablamos de otro tipo de «sostenibilidad»). El potente crecimiento del canal alternativo en internet ha hecho más visible lo que probablemente ya era una debilidad del modelo anterior. No solo en moda. Recuerden que el término «Apocalipsis del Retail» se generalizó en 2017 en los EEUU, aludiendo a un fenómeno de cierre de tiendas de ladrillo y cemento (y desertización de «malls» o parques comerciales) a lo largo de toda la década.

Sin embargo, la potencia del comercio electrónico ha distorsionado un poco la imagen de la economía digital, acaparando las miradas y desviándolas del resto de actuaciones posibles. Invertir en digitalización no es (solo) poner una tienda online. En las empresas industriales implica sobre todo digitalizar procesos, y no ya (o no solo) para reducir el peso de la mano de obra, sino para aumentar la calidad, reducir los defectos, parametrizar cualquier aspecto de la producción y de los flujos internos, predecir eventuales fallos, gestionar adecuadamente stocks y reducir así costes de inventario, aportando de nuevo predictibilidad de volúmenes para evitar faltas en el abastecimiento.

En algunos sectores, la digitalización también se aplica en los productos. En el textil no es tan aparente este hecho (salvo en algunos productos de uso técnico) como pueda serlo en el automóvil, donde ya prácticamente nada funciona o se controla de modo puramente analógico, y menos aún en el coche eléctrico, llamado a sustituir a los de combustión a medio plazo. O como pueda ser en el robot aspirador que muchos de ustedes tienen en casa, y que no solo limpia el hogar por sí mismo sino que ejercen de guardia de seguridad para televigilancia, y además responde a los comandos (órdenes) de voz. Como decimos, en el textil se explora esta vía para algunos artículos de textiles inteligentes, pero el campo de desarrollo es más limitado.

Por último, tanto en la industria como en el comercio hay un territorio ya explorado pero incipiente, donde cabe mucha más inversión en el ámbito digital. La trazabilidad en la cadena de suministro desde la materia prima hasta la tienda, y la captación de numerosos datos también durante el proceso de venta (tanto en tienda física como, muy en particular, online) genera un acervo de información que, correctamente tratada, puede ayudar mucho a mejorar la eficacia de las empresas, a adecuar al consumidor las propuestas, y a hacer evolucionar todo el negocio de una manera positiva.

Por cierto esa información debe ser en parte manejada también de forma digital y autónoma. En los procesos, la intercomunicación de los bienes de equipo conlleva a veces a la actuación de los propios sistemas. Y aunque las decisiones de gestión corresponden a los humanos, la información debe ser presentada de forma comprensible mediante técnicas de «big data», e incluso algunas decisiones menores y recurrentes, como la determinación de precios en una tienda online, son cada vez más entregada a algoritmos. Esto también tiene sus riesgos, que deberán ponderarse. Pero la IA (Inteligencia Artificial, que a menudo veremos expresada al revés, en el orden inglés, IA) nos abre un mundo totalmente nuevo en el que veremos en adelante grandes inversiones, bajo la expectativa de mejoras importantes en todos los órdenes.

 

En un análisis de cambios futuros podríamos tratar muchas cosas que han sido expuestas en boletines de noticias de Textil Exprés, en artículos online y en crónicas y reportajes de le revista ya en años anteriores, pero que van ganando relevancia con el tiempo... como la reaparición del mercado de moda de segunda mano, o la siempre esperada, a veces reeditada (así ha sido ahora, con las tensiones en la cadena de suministro) pero siempre demorada tendencia a la relocalización, así como el slow-fashion. Pero son asuntos que deberemos abordar de manera temática en el futuro.

De momento, nos queda para una ocasión inmediata una reflexión sobre el mundo de las ferias, grandes protagonistas en el sector del textil y de la moda, que han conocido un auténtico calvario durante más de año y medio. Pronto lo abordaremos.

Mientras tanto, quédense con estos dos ejes para la reactivación, y aporten su propio comentario si lo desean. Nuestra tesis es que, coincidiendo con la opinión de la UE, sostenibilidad y digitalización son las dos líneas de actuación prioritaria. La primera, aunque solo sea porque no queda otra alternativa. La segunda, porque abre todo un mundo de oportunidades, muy prometedoras.

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