El textil ha hecho una aportación eficaz al sistema sanitario y a la sociedad. Pero ¿tendrá continuidad su reorientación hacia los textiles de uso sanitario?

El sector, y con ello nos referimos sobre todo a la industria, tardó en reconocer la magnitud del problema que se venía encima con el coronavirus, al que comenzamos llamando «de Wuhan» porque la epidemia fue detectada por primera vez en esa ciudad china, y al que ahora identificamos por una denominación rara, SARS-CoV-2, nada práctica, del mismo modo que a la enfermedad la conocemos como Covid-19 («CoronaVirusDisease» del año 2019, en que comenzó a manifestarse en los humanos).
En realidad, mientras la mercancía textil venía navegando desde Asia, aquí pocos reparaban en el potencial destructor de esta crisis. Un confeccionista llegó a decir que, por lo que le contaban desde China, la única diferencia respecto a los tiempos «normales» era que los oficinistas estaban teletrabajando.
En marzo, sin embargo, la industria se veía obligada a cerrar (sólo se libraron del confinamiento estricto las empresas consideradas esenciales o vitales para la salud y para los mínimos vitales). Y, cuando tuvo oportunidad de volver al trabajo, se encontró con que no había a quién entregar la mercancía, porque el comercio también había cerrado. Por otro lado, no había clientes comprando al comercio, salvo el negocio que se hubiera hecho online. El regreso a la llamada «nueva normalidad», progresivo en mayo-junio, y podríamos decir que incluso en julio, no ha aclarado mucho las perspectivas. Pero de esto habrá que hablar más adelante.
Centrémonos en la respuesta industrial del sector.
La paralización forzosa constituyó un mal insoportable. Para todo el mundo. El comercio lo sabe bien: hay gastos corrientes que no se detienen y, si se cierra el grifo de los ingresos y la facturación, las empresas comienzan a comer su propia grasa; pero el consumo de reservas tiene límites. Ciertamente, los ERTE y los avales ICO, con todos sus defectos de aplicación, ayudaron, pero no bastaba.
Pero hemos dicho que íbamos a centrarnos en la industria. Y lo cierto es que esta tuvo rapidez de reflejos. ¿De qué tipo? De reorientación productiva.
Algunos han visto semejanzas entre la crisis recién padecida (y todavía coleante) con una guerra. Desde luego, la reacción industrial en el textil ha tenido alguna similitud.
En un magno conflicto bélico, parte de las actividades productivas se reconvierten. Fabricantes de automóviles pasan a producir carros blindados, los de aeronaves de pasajeros montan bombarderos, los de ropa confeccionan uniformes militares... Las industrias existentes se transforman en industria de guerra.
En el textil, tanto en hilatura y tejeduría como en confección, hemos visto durante el momento más duro de la pandemia a las empresas reaccionar con rapidez para suministrar artículos sanitarios. En su respuesta al desafío han confluido la solidaridad con los intereses económicos, matización que no disminuye en absoluto la valía de sus decisiones.
La apuesta empresarial permitió facilitar a las instituciones sanitarias y a la sociedad mascarillas y otros equipos de protección en un momento en el que su carencia era prácticamente absoluta. Muchos de estos artículos, concretamente la gran mayoría de las mascarillas disponibles en el mercado, eran de procedencia asiática y, en buena parte, de China. La capacidad de producción no estaba calculada para el exceso de demanda sobrevenido; y, para colmo, la cadena de abastecimiento desde China quedó rota durante semanas por la paralización, también, de la economía asiática, donde había comenzado la pandemia. Debe recordarse a estos efectos, que la propia China efectuó pedidos de varios millones de mascarillas en enero y febrero, por ejemplo a Turquía, lo que indica que no podía autoabastecerse.
En ese contexto, en España surgieron iniciativas de confección de mascarillas caseras o semicaseras (a veces dando a coser a amas de casa confinadas), a partir de tejido donado por la industria; y, de una manera más industrial, en talleres de ropa. Pero también hubo otras apuestas de mayor calado, particularmente en la industria valenciana, derivando capacidades de empresas de textiles para el hogar y la decoración; pero también en la industria confeccionista de todo el país. Todo esto permitió además seguir activas a empresas que, de otro modo, habrían debido paralizarse: sólo se permitía la producción de artículos esenciales... y resulta que unos vaqueros de moda no lo son, mientras que un EPI sí lo es.
¿Cuál es el recorrido futuro de esta industria reconvertida?
No puede darse una respuesta de validez general. Seguramente la Covid-19 ha ayudado a algunas empresas que ya trabajaban en producto técnico a adentrarse más en esa actividad, y a otras que no lo hacían les ha empujado a experimentar en dicho campo.
La reconversión de empresas textiles de moda en nuevos actores de los textiles técnicos es una tendencia iniciada hace tiempo ya, y muy madura en países avanzados como Alemania. Pero los fabricantes españoles que están ahora explorando ese mercado descubren que, en textiles técnicos y, concretamente de protección, también compiten los países de bajos costes, y lo hacen con producto de calidad. Descubren igualmente que se trata de mercados muy dependientes de programas unitarios de compra y, en ocasiones (muy claramente en los textiles sanitarios), de las políticas públicas de contratación (es decir, gubernamentales). Esto es algo que no pillará por sorpresa a los fabricantes acostumbrados a mercados «contract», pero quizá sí a otros más habituados a la ondulante fluidez de las campañas de moda.
Compiten ahora en sectores menos variables, menos inciertos (aunque siempre hay incertidumbre), pero muy dependientes de grandes operaciones individuales que se deciden a veces mediante concurso, y en ese caso precio, capacidad (volúmenes) y condiciones suelen ser decisivas... y con escaso margen para que la capacidad de persuasión del vendedor influya. Ni siquiera cuando se esgrime el argumento de la cercanía o proximidad geográfica, que sin duda es un valor redescubierto tras la pandemia (por la ruptura de las cadenas largas de suministro, y por el natural egoísmo de los países productores a la hora de asegurar abastecimiento para su propio mercado, también afectado por la pandemia).
Por otro lado, los nuevos confeccionistas de mascarillas, capaces de producir cientos o miles de unidades, también habrán descubierto que hay operadores no textiles que han comprado en España maquinaria para producir millones de unidades, tal y como recientemente publicábamos en el boletín de noticias de Textil Exprés. Ojo, porque a veces las variables del escenario son diferentes.
Decíamos: ¿qué recorrido tendrá todo esto? Probablemente menos del que la industria había imaginado, si es que su aproximación al mercado ha sido acomodaticia. Sin embargo, también es probable que exista un buen potencial de crecimiento si las empresas invierten y le dedican la atención necesaria.
En cuanto al resto, y volviendo al símil bélico, siempre que una guerra se acaba hay muchas empresas que vuelven a su actividad anterior, o a otra diferente pero en todo caso no militar. Porque, después de la victoria (o de la derrota), ya no hacen falta carros y aviones de combate, cañones y uniformes de tropa. Claro que también las hay que siguen proveyendo a los ejércitos en tiempo de paz. Y las hay que trabajan con ambos mercados, militar y civil.
Publicado en TEXTIL EXPRES - Revista Número 249 - Julio 2020
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